ELVIRA LINDO, El País, 5 de enero de 2015.
A las víctimas hay que individualizarlas.
Ponerles un rostro, una edad, una familia, un barrio, algunas inquietudes, unos
cuantos sueños, una debilidad visible o escondida. Los activistas sociales lo
saben desde hace tiempo, tanto como para presentar cualquier campaña que
pretenda provocar empatía en el ciudadano con un rostro concreto, un nombre y
una edad. Carla, por ejemplo. Una chica de 14 años que estudiaba en un
colegio, el Santo Ángel de la Guarda, y con una madre que ahora conocemos,
Monserrat. Carla se suicidó arrojándose por un acantilado de su ciudad, Gijón,
enferma de desesperación por el acoso y la burla a la que le sometían algunas
compañeras de clase. Se mofaban de su físico y de su supuesta condición sexual.
Las dos chicas que lideraron las vejaciones a las que la adolescente fue
sometida el año antes de que se quitara la vida han sido condenadas a cuatro
meses de tareas socioeducativas para mejorar su empatía con el prójimo, en
particular, con los seres más débiles. ¿Es suficiente? Si es esa la única
medida, no, desde luego que no. En cuatro meses no se cura la chulería ni el
desprecio por el dolor del otro. Cuatro meses no son nada si no se exige
también a los padres de las autoras del delito que recapaciten sobre los
valores que jamás se inculcaron en casa y por la poca atención que prestaron a
la personalidad oscura y diabólica que iba haciéndose presente en sus hijas.
Cuatro meses pasan volando y son estériles si la dirección del colegio en el
que tuvo lugar la pesadilla que llevó a Carla a precipitarse al vacío no asume
su culpa y emprende un debate para reflexionar sobre una responsabilidad que
también debería recaer en un claustro que ignoró o no dio importancia al padecimiento
de una de sus alumnas.
Cosas de
niñas. Así se resume en más ocasiones de las que pensamos y sabemos la
persecución, la burla, el escarnio que ocurren secretamente en los centros
escolares. La mayoría de las veces nadie se entera del padecimiento de un niño
o de una adolescente. Los chavales no suelen contar demasiado en casa porque
viven el acoso al que están sometidos con culpabilidad y vergüenza. Ese
silencio permite que los chulos o las chulas actúen impunemente, divirtiéndose
con el sufrimiento de la criatura acorralada; por lo demás, el resto de la
clase, por un temor comprensible a ser también estigmatizados, suelen callar o
colaborar vagamente. Cada cierto tiempo, el horror del acoso escolar se hace
visible en la prensa porque la víctima, viéndose sin capacidad para acabar con
su angustia, pone fin a su vida. Es así de crudo: sabemos de la víctima por su
suicidio. A Carla le daba terror ir al instituto, pero al temor que le producía
el encuentro con sus torturadoras había que añadir uno de nuevo cuño: la
angustia que le provocaba el comprobar cómo se burlaban de ella a través de las
redes, es decir, como divulgaban en el ciberespacio la mofa para tenerla
paralizada en un terror sin escapatoria. Ni en su propio dormitorio estaba a
salvo la pobre desdichada de sus torturadores, ya sabemos que las injurias en
Internet tienen la peculiaridad de colarse por cualquier resquicio. Esta es una
historia más común de lo que parece y no se trata solamente de un delito
juvenil ni que sufran en exclusiva los adolescentes. La justicia va más lenta
que la tecnología y castigar al que delinque en la red, aunque es posible y
cada vez más frecuente, tarda un tiempo que a la víctima se le representa como
insoportable. Imagino que el castigo al bulling cibernético,
agazapada la identidad del malhechor en el cobarde anonimato, acabará
precisando de un mecanismo exprés para ser penalizado, dada la rapidez con que
en el medio se difunden las injurias.
Parece que en estas fechas hay una
voluntad colectiva de concordia, que las rivalidades pierden fuste y nuestras
columnas se engalanan con buenos propósitos. Tal vez deba ser así, conviene y
es saludable que sea así, que el pensamiento se mantenga en suspenso unos días
antes de volver a la carga, a la bronca, a la opinión, a la arena. Pero me ha
resultado inevitable, después de ver en el periódico esta semana el rostro de
Montserrat Magnien, la madre de Carla, pensar que para ella no habrá Nochevieja
ni Año Nuevo, que desde el 11 de abril de 2013 el tiempo avanza en una densidad
amorfa, sin conceder tregua alguna ni consuelo, empecinada como está su mente
en un solo propósito: que se haga justicia. Y he querido que el primer artículo
de este año que acabamos de inaugurar esté dedicado a ella, a esta madre que
sólo va a encontrar razones para vivir litigando a fin de que su caso, el caso
de su hija Carla, se convierta en paradigmático, y que su muerte no haya sido
en vano, que nos enseñe a atajar la crueldad cuando brota: desde la casa, la
escuela, la justicia, que entendamos la necesidad de enseñar a quienes no
tienen demasiadas luces, a los resentidos, a los duros de corazón a sufrir con
el dolor ajeno. Y si es que la naturaleza no les ha dado la capacidad de
comprender el sufrimiento del prójimo que sea la justicia quien ponga freno a
su tara. Quería que mi artículo tuviera un rostro, el de Montserrat, y enviarle
desde aquí un abrazo para que no se sienta, como seguro que se sentirá, tan
sola.

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